Durante décadas, el ejercicio fue visto como un simple complemento estético, útil para “quemar calorías” o mejorar el aspecto físico.
Hoy, con el respaldo de una abrumadora cantidad de estudios, lo entendemos de otra forma:
el ejercicio físico es una intervención clínica de primer orden, con impacto directo en la fisiopatología de la obesidad, el riesgo cardiovascular y la salud global.
Más allá del gasto calórico: un efecto sistémico
Cada vez que una persona con obesidad inicia un programa de actividad física adaptada, comienzan a producirse múltiples efectos simultáneos en distintos sistemas:
– Mejora de la sensibilidad a la insulina: el músculo entrenado capta más glucosa, incluso en ausencia de insulina, lo que reduce la hiperglucemia y el riesgo de diabetes tipo 2.
– Protección de la masa magra: el entrenamiento de fuerza estimula la síntesis proteica muscular, contrarresta la pérdida de músculo asociada al déficit calórico y mejora el gasto metabólico basal.
– Reducción de la grasa visceral: el ejercicio aeróbico y combinado moviliza especialmente el tejido adiposo abdominal profundo, responsable de buena parte del perfil inflamatorio y del riesgo cardiovascular.
– Acción antiinflamatoria directa: el músculo activo libera mioquinas con efectos antiinflamatorios, antioxidantes y moduladores del sistema inmune, con impacto positivo en múltiples órganos diana.
¿Qué tipo de ejercicio es más efectivo?
La evidencia más sólida apoya un enfoque combinado:
– Ejercicio aeróbico (caminar, correr, bicicleta, nadar): mejora la función cardiovascular, reduce la grasa visceral y mejora los lípidos plasmáticos.
– Entrenamiento de fuerza: fundamental para mantener la masa magra, prevenir la sarcopenia, aumentar la tasa metabólica en reposo y mejorar la funcionalidad.
– Ejercicio funcional o interválico: potencia la capacidad mitocondrial y mejora la flexibilidad metabólica, especialmente útil en personas con resistencia a la insulina.
¿Cuánto y cómo?
Las guías actuales recomiendan:
– 150 a 300 minutos semanales de actividad física moderada o 75–150 minutos de actividad vigorosa
– Al menos 2–3 sesiones semanales de entrenamiento de fuerza
– Adaptación a la capacidad funcional del paciente, con progresión gradual y seguimiento clínico
El ejercicio como prescripción médica
Al igual que los fármacos, el ejercicio debe prescribirse con criterio:
con una dosis adecuada, una frecuencia sostenida y una evaluación de efectos secundarios (dolor, fatiga, descompensaciones en comorbilidades).
Prescribir movimiento es tan clínico como recetar metformina o un inhibidor del SGLT2.
Dr. José María David Carrizo
MP07175481
Especialista en MFyC
Nutrición humana.

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