Durante décadas, el ejercicio fue visto como un simple complemento estético, útil para “quemar calorías” o mejorar el aspecto físico. Hoy, con el respaldo de una abrumadora cantidad de estudios, lo entendemos de otra forma: el ejercicio físico es una intervención clínica de primer orden, con impacto directo en la fisiopatología de la obesidad, el riesgo cardiovascular y la salud global. Más allá del gasto calórico: un efecto sistémico Cada vez que una persona con obesidad inicia un programa de actividad física adaptada, comienzan a producirse múltiples efectos simultáneos en distintos sistemas: – Mejora de la sensibilidad a la insulina: el músculo entrenado capta más glucosa, incluso en ausencia de insulina, lo que reduce la hiperglucemia y el riesgo de diabetes tipo 2. – Protección de la masa magra: el entrenamiento de fuerza estimula la síntesis proteica muscular, contrarresta la pérdida de músculo asociada al déficit calórico y mejora el gasto metabólico basal. – R...
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