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Estrés y obesidad: cómo romper el círculo vicioso



Muchos pacientes me hablan directamente de este tema, otros no tanto pero lo expresan en su lenguaje corporal: El estrés. 


Al estrés lo vas a percibir como una sensación molesta que aparece tras un mal día en el trabajo o una discusión pero créeme,  es más que eso. Es una respuesta biológica diseñada para protegernos en situaciones de peligro. Pero en el mundo moderno, donde las amenazas son más mentales que físicas, el estrés se ha convertido en un compañero constante, y sus efectos sobre la salud son mucho más profundos de lo que imaginamos. Uno de ellos es su impacto en la obesidad.


Cortisol, la hormona del estrés

El cortisol, conocido como la “hormona del estrés”, es liberado por las glándulas suprarrenales para ayudarnos a enfrentar situaciones desafiantes. En pequeñas dosis, nos activa y nos hace más eficientes. Sin embargo, cuando el estrés se vuelve crónico, los niveles de cortisol permanecen elevados, lo que tiene consecuencias metabólicas significativas. Esta hormona promueve el almacenamiento de grasa, especialmente en la zona abdominal, y desregula el apetito, llevándonos a consumir alimentos altos en calorías, ricos en grasas y azúcares.


Microbiota y estrés

Además del cortisol, el estrés también altera la microbiota intestinal, ese ecosistema de bacterias que vive en nuestro intestino y regula procesos como el metabolismo energético y la inflamación. Estudios recientes han demostrado que el estrés crónico puede reducir la diversidad bacteriana, favoreciendo la proliferación de especies asociadas con el aumento de peso y la resistencia a la insulina.





Estrategias para romper el ciclo

Aunque el estrés parece incontrolable, existen formas prácticas de mitigarlo y evitar que dañe nuestra salud metabólica:

1. Ejercicio físico regular: Caminar, correr o practicar yoga no solo reduce el cortisol, sino que también libera endorfinas, las “moléculas de la felicidad”.

2. Mindfulness y meditación: Estas prácticas ayudan a mantener la calma y a reducir la activación de la respuesta al estrés.

3. Un sueño reparador: Dormir entre 7 y 9 horas por noche regula las hormonas del hambre (leptina y grelina) y disminuye el cortisol.

4. Alimentación consciente: Identificar si comemos por hambre real o por estrés es un paso clave para romper este ciclo.


La conexión entre el estrés y la obesidad nos recuerda que nuestra mente y cuerpo están profundamente ligados. Cuidar nuestra salud mental es una estrategia esencial no solo para el bienestar emocional, sino también para proteger nuestro organismo de problemas más graves.


Y al final, el estrés, ese huésped incómodo que habita en los rincones de nuestra mente, no es más que un reflejo de nuestra vulnerabilidad humana. Pero en cada pausa consciente, en cada respiración profunda, le arrebatamos un poco de su poder. Quizá entender al estrés sea como enfrentar un río furioso: no se puede detener, pero siempre podemos aprender a navegarlo.


Dr. José María David Carrizo

MP07175481

Especialista en MFyC

Nutrición humana.


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