Si llevas semanas cuidando la comida y haciendo ejercicio, pero el número en la báscula no baja, no te desesperes. No significa que hayas fallado.
Lo que está ocurriendo es una adaptación metabólica: tu cuerpo se ajusta para gastar menos energía y proteger sus reservas.
Parte del problema está en el músculo.
Durante una dieta muy restrictiva, se puede perder masa muscular junto con grasa. El músculo es el motor del metabolismo; cuanto menos músculo, menos calorías quema el cuerpo incluso en reposo.
También hay cambios hormonales: baja la leptina, sube la grelina (la hormona del hambre), y el cuerpo aprende a hacer más con menos.
Por eso, aunque sigas comiendo igual, la velocidad de pérdida de peso disminuye.
La solución no es comer menos todavía, sino entrenar mejor y alimentar al músculo.
Combinar fuerza, cardio y suficiente proteína ayuda a mantener la masa magra y a evitar ese frenazo metabólico.
En resumen: el objetivo no es pesar menos, sino tener más músculo y menos grasa visceral.
Cuando eso ocurre, el metabolismo se activa y la salud mejora, aunque la balanza no lo muestre de inmediato.

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